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Embotellar el paisaje: cuando la biodiversidad se convierte en vino

Cata de vinos en la bodega Marta Maté durante la visita organizada por Secanos Vivos, con degustación de productos locales y presentación del proyecto.

En los secanos del norte de la Ribera del Duero, donde el suelo es pedregoso y el viento marca carácter, hay un lugar donde la viticultura se ha convertido en una forma de conservar la vida. La bodega Marta Maté ha abierto sus puertas para mostrar cómo la ciencia y la tradición pueden convivir entre cepas, charcas y aves. Su colaboración con el programa Secanos Vivos, impulsado por SEO/BirdLife, demuestra que el futuro del vino pasa por cultivar biodiversidad, y que en cada copa puede latir un ecosistema entero.

Cartel de entrada de la Bodega Marta Maté

Crónica de la visita a la Bodega Marta Maté, finca asociada a Secanos Vivos

En Tubilla del Lago (Burgos), un pequeño municipio al norte de la Ribera del Duero, la tierra parece tener memoria. Entre los 950 y los 1.000 metros de altitud, los viñedos de la bodega Marta Maté se aferran a un suelo exigente, donde el clima endurece la tierra y cada estación deja huella. Allí, la viticultura se vive como una conversación con el paisaje, y cada copa cuenta una historia de convivencia entre la agricultura y la vida silvestre.

Esta filosofía es la que impulsa el trabajo conjunto de Marta Maté con Secanos Vivos, el programa de SEO/BirdLife que demuestra, con base científica, que es posible recuperar biodiversidad en los campos agrícolas y transformar esa biodiversidad en valor: en rentabilidad, en identidad, en sabor.

Un viñedo en el límite, una bodega con propósito

Durante la visita organizada por Secanos Vivos, César Maté recibe al grupo en la finca con una mezcla de orgullo y serenidad. Sabe que el suyo no es un viñedo fácil: «estamos en una zona complicada, con suelos rocosos y un clima extremo; pero eso nos obliga a ser más precisos, más conscientes. Y también nos hace más singulares».

Esa singularidad se traduce en una forma de trabajar que busca «embotellar el paisaje». En cada vino quieren que se reconozca la suma de factores —suelo, clima, altitud, latitud y manejo agronómico— que hacen única a esta tierra. Pero para lograrlo, explican, no basta con cuidar la viña: hay que cuidar la vida que la rodea.

Equipo de visitantes recorriendo el viñedo de Marta Maté durante la jornada.

Fomentar la vida: biodiversidad aplicada

La alianza con Secanos Vivos ha permitido a Marta Maté dar un paso más en su compromiso ambiental. La finca cuenta ahora con linderos sembrados de plantas autóctonas, márgenes florales que atraen polinizadores y una red de cajas nido y refugios para murciélagos que favorecen el equilibrio natural. Los técnicos de la Fundación Oxígeno, entidad colaboradora, explican cómo los «hoteles de insectos» permiten registrar la presencia y diversidad de especies beneficiosas. «Mientras que en una finca convencional apenas se recoge nada, aquí llenamos dos o tres trampas», comentan. Es un indicador claro de salud ecológica.

La relación entre biodiversidad y suelo vivo se percibe incluso bajo tierra. «Necesitamos microorganismos, bacterias, hongos, escarabajos… Todo lo que hace que la materia orgánica se transforme y que las raíces se alimenten de manera natural», explica César. En la finca trabajan con biofertilizantes elaborados a partir de su propia microbiología, replicando hongos y bacterias del entorno para fortalecer las plantas sin recurrir a productos químicos. «Es aplicar el sentido común: reproducir la vida, no eliminarla».

Nido artificial instalado en el viñedo de Marta Maté para aves insectívoras.

Adaptarse al cambio climático desde la diversidad

La biodiversidad, además, cumple un papel esencial frente a los efectos del cambio climático. «Hace veinte años vendimiábamos a mediados de octubre; ahora empezamos en septiembre», señala César. «El aumento de las temperaturas nos obliga a buscar equilibrio, y la biodiversidad ayuda: las plantas se adaptan mejor cuando interactúan con animales e insectos. Es información biológica que les permite resistir».

Entre las medidas adoptadas destacan las plantaciones en línea clave, que aprovechan las curvas de nivel para optimizar la infiltración de agua, y el uso de cubiertas vegetales que protegen el suelo de la erosión y retienen humedad. Todo ello convierte a la finca en un laboratorio vivo de adaptación, donde el viñedo se transforma en un ecosistema resiliente.

Viñedos de Marta Maté en Tubilla del Lago, paisaje de secano en la Ribera del Duero.

La bodega: precisión y respeto

En la bodega, la filosofía se mantiene: mínima intervención y máximo respeto. En las instalaciones se emplean depósitos troncocónicos de acero inoxidable y de hormigón, y las maderas elegidas —90% roble francés de gran capacidad y bajo tostado— buscan acompañar al vino sin enmascararlo.

«Queremos que lo que se hace en el campo siga siendo el protagonista», resume Marta Castrillo, guía de la visita. La producción ronda las 100.000 botellas anuales, de las cuales más de la mitad viajan fuera de España, principalmente a países del norte de Europa. En el mercado nacional, sus vinos se encuentran sobre todo en el canal HORECA, donde cada vez más sumilleres valoran el vínculo entre sostenibilidad y calidad.

Barricas de madera en la bodega Marta Maté, Ribera del Duero

Cata con paisaje

Durante la visita, se cataron dos vinos del proyecto Secanos Vivos: El Holgazán y Viñas del Lago. El primero, 100 % Tempranillo, procede de viñedos ecológicos en el páramo de Tubilla del Lago, a 930 m de altitud. Es un vino fresco, de expresión frutal y aromas limpios, que pasa siete meses en barrica (90 % roble francés, 10 % americano) y seis en hormigón.

El segundo, Viñas del Lago, es un homenaje al mosaico agrícola tradicional de la zona, elaborado con una mezcla histórica de Tempranillo, Albillo y Garnacha. Su crianza de doce meses en madera y seis en hormigón le confiere complejidad y profundidad, pero lo que más sorprende es su identidad: un vino que sabe a paisaje, a equilibrio, a respeto.

Ambos vinos son ejemplo de cómo la biodiversidad puede convertirse en valor añadido, no solo ambiental, sino también sensorial. El resultado de un ecosistema sano es una uva más equilibrada, capaz de reflejar el territorio sin artificios.

cata de vinos durante la visita a la bodega Marta MatéEl vino como territorio vivo

La visita a Marta Maté resume, en clave vitivinícola, la esencia del proyecto Secanos Vivos: demostrar que trabajar con la naturaleza, y no contra ella, es rentable, sostenible y necesario. Este modelo forma parte de Campos Vivos, la estrategia de SEO/BirdLife que agrupa iniciativas como Olivares Vivos o Montes Vivos, y que convierte la recuperación de biodiversidad en un motor de desarrollo rural.

En un contexto de pérdida acelerada de especies y desertificación creciente, estas experiencias son algo más que buenas prácticas: son una hoja de ruta para el futuro del vino y de la agricultura mediterránea. Porque un viñedo no es solo un lugar donde crecen las uvas: es un hábitat, un refugio y una promesa.

En palabras de César Maté: «respetar la naturaleza no es una moda. Es la única forma sensata de garantizar que podamos seguir haciendo vino aquí dentro de veinte años».

Y quizás esa sea la enseñanza más valiosa que uno se lleva de Tubilla del Lago: que el vino no nace solo de la vid, sino del suelo, del aire, de las aves que sobrevuelan las parcelas y de los insectos que polinizan sus flores. En definitiva, de una tierra que, gracias a proyectos como Secanos Vivos, vuelve a estar llena de vida.

Cartel de Secanos Vivos en el viñedo de Marta Maté, símbolo del compromiso con la biodiversidad.